Llovía a cántaros esa mañana. Su mujer no había amanecido en la cama que compartían desde hacía diez años. Se habían acostado juntos, como siempre, sin hacer ningún amor, pero después se había dormido y no sabía a qué hora ella se había ido.
Él no sabía, pero ella se había levantado como si una música hipnotizadora la llevara. Se había vestido rápido, se había peinado apenas su largo cabello rubio y así, desabrigada, sin saco, de pollera azul y blusa, se había ido.
No le hacía falta preguntarse por qué, sino dónde. Encontró una dirección de un apartamento cerca del Cementerio, escrita en un papel entre sus documentos, al lado de la foto de un joven hombre, para él desconocido, peinado para atrás.
Un altoparlante anunciaba ofertas: coronas mortuorias, ramos de flores y cruces de claveles. No dejaba de ser un detalle de humor negro- pensó el hombre.
Otro hubiera estado ajeno a los ruidos de la ciudad, pero él estaba sensibilizado. Sus sentidos, como espíritus vengativos, experimentaban ahora todo lo que se habían negado a percibir durante años.
Miró el papel con la dirección y vio la pollera azul colgada en el balcón del primer piso, movida por el viento, mientras estaba parado en la vereda de enfrente. El sol, que asomaba ahora apenas, después de la lluvia, la tornaba en violeta por momentos.
El hombre subió los escalones de la entrada y se paró al pie de la escalera que lo llevaría al primer piso del viejo edificio.
Arrebatado por un impulso subió hasta el tercer escalón. Desde allí le llegaba una voz muy viril, una música de fondo y el susurro del deseo en una mezcla inseparable.
Seguía con esa hipersensibilidad perceptiva. Escuchaba algunas palabras muy claramente: marido, casa, desnuda.
Tanteó el arma en su bolsillo.
Horas después, los vecinos declararon que a ese apartamento venía gente dos veces por semana, de mañana, porque veían las celosías abiertas y escuchaban música y voces. Una de las vecinas incluso agregó que, desde la ventana de su casa que era la de enfrente, había visto una vez a una mujer que se soltaba el pelo frente al balcón y totalmente desnuda salía a colgar ropa en la cuerda. Dijo que desde ese día ella había sabido que iba a ocurrir una tragedia. Dijo que su cabello era muy largo y negro, pero que no alcanzaba para tapar su desnudez. Otro vecino, sin embargo, insinuó que la vecina tenía condiciones para presentarse a algún canal de televisión como libretista de fotonovelas.
Todos coincidían que ese día habían visto nada más que al hombre sentado largo rato en el escalón de la entrada. Incluso dos vecinas habían pensado que era un vendedor buscando un rato de descanso a media mañana.
Había parado de llover y había salido el sol. El viento seguía. Y había, además del silbido, un punteo como de guitarra, entreverado con risas de los niños que habían salido a jugar en la vereda.
El hombre tomó distancia una vez más y volvió a la vereda para ver moverse la pollera en el descascarado balcón. La tela ondeaba con el descaro de lo clandestino cuando se siente a salvo.
Se escuchaban risas.
El sol mostraba al mundo como no es.
Si pudiera volver a no percibir nada…
El hombre vio a dos vecinas que lo miraban, se sentó en el escalón pegado a la vereda y cerró los ojos para concentrarse en lo que tenía que decidir.
Le daba el sol, calentando el piso todavía mojado de grandes baldosas blancas y negras.
Corría la mañana hacia el mediodía y se empezó a oír un informativo que venía del apartamento de planta baja.
Esperaba una señal, algo que lo calmara, que le dijera que se había equivocado. Quería escuchar una voz de mujer desconocida, una señal que le aliviara el porvenir. Pero lo único que le llegaba con los ojos cerrados, era la paradójica tibieza del sol en las baldosas blancas y negras del hall del viejo edificio.
Esperaba también que a su memoria acudiera un recuerdo tan o más fuerte que su dolor, que le permitiera volver a la calma, al equilibrio confortable de los traicionados ingenuos, pero las baldosas calentadas por el sol eran mucho más cálidas que sus recuerdos: Siempre había sido así. Siempre había sentido que daba la vida a cambio de un indiferente parpadeo. Pero no había sido capaz de verlo. Estaba ciego y sordo.
Ahora se confirmaban sus peores sospechas. Pero estaba preparado.
Se paró otra vez y se acercó al pie de la escalera. Ahí estaba también el ascensor, pronto para llevarlo, rápido, certero, pero prefirió la escalera.
No golpeó la puerta. Tanteó y vio que no tenía tranca. La empujó. El sonido de la guitarra le llegó con claridad. No lo habían escuchado. Lo primero que vio en el balcón abierto fue la pollera de lino azul y, desde donde estaba alcanzó a ver sobre la cama las piernas desnudas que yacían lánguidas. Retrocedió un paso. Después, por desgracia escuchó la voz que cantaba. Esa voz lo hizo dudar de su propia masculinidad. Inmóvil, escuchó la letra. Veinte segundos le alcanzaron para entender que había perdido, que su arma era apenas un revólver y la del hombre era un canto sobrenatural que había inmortalizado a su amada para siempre, y la había puesto fuera de su alcance, a salvo del tiempo. Salió del apartamento, bajó las escaleras. Salió a la vereda, se sentó en el mismo escalón y se pegó un tiro. La sangre manchó indeleblemente las baldosas blancas.
El cantante, ajeno a lo que acababa de suceder, terminó de componer la canción que lo había desvelado desde la mitad de la noche y se acercó a la mujer que dormía desnuda en la cama, le acomodó el largo pelo negro, y, antes de ponerse él mismo a dormir, le dejó anotada la letra de la canción que era:
“Cuando venga la mañana
Cuando venga la mañana
Tu pollera de lino azul
Colgadita en la ventana
Colgadita en la ventana
Bandera al sol amarillo
Dirá que tú no has dormido
Con tu marido
Cuando venga la mañana
Cuando venga la mañana
tu pollera azul de lino
tu pollera azul de lino
Vuelta color de vino al sol
Si no la descuelga el viento
Si no la descuelga el viento
Mostrará tus sentimientos y
Los que yo no me digo
Somos amigos
Cuando venga la mañana
Vuelto color de trigo el sol
Incendiando tu pollera
Violándola toda entera
Vendrá a meterse en tu cama
Y dormir contigo
Sobre tu ombligo
Cuando venga la mañana
Pollera de lino azul
colgadita en la ventana
colgadita en la ventana
Bandera al sol amarillo
Dirá que tú no has dormido
con tu marido
Cuando venga la mañana
Cuando venga la mañana
Cuando venga la mañana.
Alfredo Zitarrosa"
Pocos días después, una mujer de largo pelo rubio pensaba en el marido que no se había atrevido a dejar aquella madrugada.
En su dormitorio, sentada en la cama que había planeado que nunca iba a volver a usar, la mujer de pelo rubio escuchaba la radio. Sin hablar del suicidio, la periodista paladeaba algunos detalles sobre la misteriosa mujer de cabellos negros que se hallaba en el apartamento del conocido cantante, para luego dar paso a la canción. Mientras se subía el cierre de su vestido negro, la viuda escuchó la canción en la radio.
La escuchó y deseó que su cabello hubiera sido del mismo color de su vestido.
(Cuento inspirado en la canción "Pollera de lino azul" de Alfredo Zitarrosa, que se puede escuchar en el aparatito rectangular reproductor de música a tu izquierda)