lunes 21 de diciembre de 2009

Deshielo

Se adivina
un rezo de caverna

De la brújula
sangran las rodillas

Cuando el cristal
se ponga
ocre
al sol
y
disuelva
los hielos
de mi manos antárticas
ensartaré una a una
las vértebras del deseo
para guirnaldear
los oestes
y
los estes
tus nortes
y
mis sures



Ya gotea
La caverna empieza
a sembrar
agua bendita

domingo 8 de noviembre de 2009

Preguntas

¿Qué se hace con
la llaga del desencanto?
¿Con el filo de la decepción
qué se hace?
¿Se destripa al dolor
hasta que se desangre?
¿Hasta que desagote
sus arterias y suelte un
reguero de lastre?
Las cicatrices sonríen
como victorias viejas
desvaídas, casi muecas...
pero con el tajo abierto
incrédulo supurante
como un cráter de pena
ahora
ahora ¡ya!
en este segundo
qué se hace?

sábado 26 de septiembre de 2009

Mientras dure

Se desescama la noche
en mil cristales grises:
álguienes nacen bajo esa lluvia
álguienes pierden
su último aire
su último amor
bajo los rayos voraces
de la noche, espinazos de
este enorme pez negro

Bajo el latigazo ronco
del trueno
álguienes lloran lluvia
de sus ojos buenos
Álguienes se vuelven otros
Álguienes se sueñan otros
Y alguien se vuelve ninguno
empozando los ojos
como ataúdes
en el suelo



Y álguienes se abrazan
y se aman
aunque el mundo
aunque la noche
iglesia de vitrales
estalle
se derrumbe


¿Qué haremos nosotros
bajo el aguacero del tiempo
sin tiempo?

¿Qué haremos
nosotros
mientras dure
el aire y el amor,
la aleta de la noche
el temblor que pisamos
el horizonte
mientras dure?

martes 22 de septiembre de 2009

PLAGIO: "Continuidad de los parques de Julio Cortázar (Qué atrevimiento!)

Hace poco tiempo, el Santi convocó a todos los interesados a realizar un plagio de un cuento famoso en:
http://www.lacofradiadeaquiyalla.blogspot.com/

Todavía no sé cómo hacer para mandárselo, así que por ahora lo publico acá. (Espero Santi que puedas copiarlo y pegarlo en la Cofradía, porque no me acuerdo ahora cómo era que había que hacer para mandártelo...)Igual, por ahora no se me ocurre ninguna otra cosa que poner....jaja....

Podría llamarse: "La línea roja" o algo así...


Había empezado a estudiar las posibilidades de su computadora con detenimiento. La había comprado unos días antes y tenía que admitir que estaba bajo el hechizo de sus herramientas. Sobre todo, eso de navegar por Internet, lo tenía cautivo. Esa tarde, después de terminar de colocar una cortina verde en la ventana de la cocina, por fin pudo poner a prueba sus habilidades con Google y Youtube, sentado frente a la ventana del estar, que daba al pozo de su edificio. En la pantalla del monitor vio que las encuestas auguraban la derogación de la ley de impunidad. Era una amarga victoria. Por más derogación que hubiera, él igual no iba a recuperar a su hija. Desde su ventana hubiera podido verla preparando la comida. Pero la ventana que se abría frente a la suya, separada y unida por el pozo de aire, estaba vacía, enmarcada en el recién estrenado verde de la cortina. Ya no podría verla peinarse con una mano, mientras hervía la leche y se hacía una vianda para irse corriendo a la facultad. Ese era, pues, el mejor momento de meterse en otro mundo. Arrellanado en su nueva silla giratoria, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el mouse, encantado como un niño con su lucecita roja. Parecía que sus sentidos se sometían gustosos a esta nueva búsqueda. Su memoria retenía sin esfuerzo los pasos que tenía que dar para llegar a concretar la descarga de un video. Hacía tiempo que quería verlo y había llegado por fin el momento. La línea roja empezaba a cargarse. La ilusión de esta visión lo sedujo enseguida. Las expresivas caras empezaron a aparecer ante sus ojos. Sus voces aún no se oían. Gozaba del placer de irse desgajando cuadro a cuadro de lo que lo rodeaba, y de sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el respaldo de la silla giratoria, que los cigarrillos estaban al alcance de la mano, que más allá de la ventana, el aire denso del pozo apenas podía mover las cortinas verdes. Por fin, la descarga finalizó y entonces, hasta el aire del pozo quedó detenido. Se dejó ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían sonido, color y movimiento. Pudo ser testigo de la última batalla de la protagonista. Primero entraba ella, abatida, empujada desde afuera. Después llegaba un hombre, no se le veía la cara. La mirada de la joven mujer se crispaba en su presencia. No se sabía si era miedo o coraje, a tal punto las emociones extremas se parecen. Sus manos arrugaban y desarrugaban su vestido blanco y rosa. En la mano del hombre había una tijera. Minuciosamente, cortaba el pelo de la mujer, sin preocuparse en absoluto por las simetrías, ni por los puntazos de la tijera sobre el cuello de la joven. El sonido chirriante y rítmico de la tijera era perfectamente audible. El torturador había venido a completar una ceremonia. Ella tenía en su piel los rastros de otra, pues la había sembrado de pequeñas fresas con la brasa de su cigarrillo. De pronto, la mirada del hombre pareció estar buscando otras sensaciones, otros rincones del cuerpo de la mujer. Sus palabras retumbaban en el cuarto vacío. Se vio que ella observaba el arma en la cintura de él. No traslucía sometimiento alguno. Y eso parecía excitar más al torturador. En primer plano, otra vez se veía el arma reglamentaria, brillante y negra y, al fondo, la cara de la joven y sus ojos dibujaban el deseo tomar el arma. Se escuchó un golpe en la puerta. El hombre se distrajo. Cuando quiso acordar, ella ya tenía el arma en las manos. La torre emitía una vibración lejana. La ventana del monitor titilaba. La línea roja marcaba el cincuenta por ciento de la descarga. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre.
Empezaba a anochecer. Sin mirar ya el cuerpo del hombre que yacía al fondo de la habitación, la jovencita se acercó a la puerta del cuarto, y asomó la cabeza. Debía seguir por la escalera que bajaba a su derecha. Desde el fondo de la habitación, él abrió la boca desgarrada por el balazo para gritar, pero ya no podía. Sus ojos casi muertos la vieron correr con el pelo suelto, hasta la escalera que la llevaría a la libertad. Ella bajó parapetándose en los descansos de la escalera. Salió a la vereda. Caminaba con pasos largos, gráciles, pero no corría. Su vestido de algodón blanco y rosa la hacía fácilmente divisable. De pronto, se detuvo. Subió los tres peldaños del hall de un edificio y entró. El portero no debía estar y no estaba. La puerta estaba abierta, tal como debía estar. Desde la sangre galopando en sus oídos la memoria enumeraba: primero venía una puerta descascarada, luego dos habitaciones. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta de la cocina. Una ventana. Un hombre sentado frente a un monitor. Los ojos de su hija, vestida de blanco y rosa, que lo miran a través del aire del pozo que ahora sí mueve como una bandera la cortina verde de la ventana de la cocina.
La línea roja llega a su fin.

lunes 7 de septiembre de 2009

TELÓN

En aquella escena, ella lo miraba a él y él la miraba a ella. Ella estaba rodeada de luz y él quedaba con media cara en la sombra. El maquillaje de ella estaba algo corrido y lo observaba duramente, moviendo la garganta, como si tragara. Hacía largas pausas en las que el silencio parecía anunciar una esperanza.
Pero solo era un entreacto, porque enseguida se evaporaba toda posibilidad de acuerdo.
A continuación, ella revolvía el vaso de whisky agitándolo con la mano. Siempre lo mismo. Cuando ella reiniciaba su enconado parlamento, él se apretaba las manos, se tocaba con gran desinteligencia el cabello, pues cada gesto lo despeinaba un poco más. Parecía que iba a decir algo, pero no hablaba.
Otra vez igual. Otro ensayo. Parecía que por hoy estaban terminando, pero empezaban de nuevo. Parados en el mismo lugar, ella lo miraba a él y él la miraba a ella. Ella quedaba en el triángulo de luz y él quedaba casi en la sombra. Esta vez se le veía un poco más de la cara.
Mientras tanto, Emilia se movía incómoda en la butaca. A esa distancia, podía apreciar solamente el rictus de la boca de él, que parecía muy triste. Componía un estereotipo de hombre ofendido por falsas acusaciones. Ella engolaba un poco la voz, acentuando las vibraciones trágicas.
Luego se acercaba a él y le acariciaba el pelo despeinado, con un gesto automático. Reían un poco. Con intermitencias. Esas risas eran como ecos que venían de otros tiempos y llegaban a Emilia descascaradas, con algunos sonidos menos.
Desde su lugar en aquella platea, Emilia pensaba que no eran tan buenos actores. Se les notaba que fingían.
Entonces se volvían a endurecer las miradas, y la voz monologaba aguda, desgranándose en amenazas, ofensas,insultos...
Ella le pegó en la cara y el cachetazo resonó por todos los rincones, pasó por debajo de la butaca y no se apaciguó en la cabeza de Emilia.
Emilia ya conocía esta obra, pero hoy parecía interminable. Miró el reloj, que marcaba las 10 y media de la noche. Ya era suficiente. Emilia se puso de pie en su improvisada platea, e hizo un movimiento brusco para ser vista, para ser tenida en cuenta.
Entonces, ella se acercó a Emilia con el mismo gesto de todas las noches, con restos de furia y de whisky en los labios y le dijo que se levantara de la butaca. Le abrió la cama y Emilia, acomodándose el camisón, se metió en ella.
Cuando iba saliendo, su madre le apagó la luz y le dijo que no se preocupara, que su papá y ella se querían mucho.
Después, cerró la puerta del cuarto. El triángulo de luz desapareció de la sala.
Entonces empezó la última función, sin espectadores en la platea.
¿Cuándo se terminaría aquella canción de cuna?

viernes 4 de septiembre de 2009

Cumpleaños

Vientres humanos
drapeados
por el atlético tiempo
desmantelan
los platos vacíos
y el fuego rojo
honesto
ya en cenizas
opaca las brillosas
calvas
seca las miradas

Se sopla la vela
La vela se apaga

En racimos los violetas
globos escurrientes
festejantes
de los sesenta y uno
no escuchan los
cánticos
guitarralcohólicos

- que los cumplas
que los cumplas-

En cuello las voces
cantan y gritan y se pelan
se tiñen las raíces
del presente agónico
con pasado rojinegro

No se brinda
Se bebe
Se debe beber
y se bebe

hasta ver la garganta
a los sueños viejos

Entonces

la nostalgia mastica
la fibra del presente
supura
se enquista y
se pone anarquista

que los cumplas
que no te pesen
que no te muelan
los años
que no te muerdan
infeliz

sábado 29 de agosto de 2009

Manos sobre la caldera

Todo pronto para dejar volar la imaginación. El monitor está prendido, y el protector de pantalla aparece cada tanto, cuando el teclado y mouse quedan inertes. Esto del protector de pantalla me pasa a menudo, estimado lector. Debo ser honesta contigo. Frente al monitor, frente a un libro o frente a una nueva entrada, quedo así, como quien dice, en blanco. Entonces me pongo a mirar a mi alrededor y paso de mi entorno al monitor, tratando de llenar mi vida de otras imágenes. Miro la pantalla, miro el teclado...Hay microscópicas motas de polvo entre las teclas... Se escucha la vibración de la torre.

Las manos toman la caldera y ponen agua en ella. Se empieza a escuchar un pájaro que inicia la ronda de cantos.
En el metal reluciente de la caldera se refleja la mano que la sostiene, mientras el agua la va llenando por el pico. La caldera ofrece una gran superficie espejada y convexa, una panza deforme y deformante.


Todos ustedes, estimados lectores, conocerán el efecto de los espejos convexos, pero no sabemos dónde está la caldera ni la mano, ni para qué es el agua, ni dónde, ni en qué época estamos, ni de quién son las manos, ni quién soy yo, ni casi nada. Bueno, reconozcamos que esa es la esencia de la condición humana y de la literatura, si es que esto puede llamarse así, y busquemos la verdad de esta historia. En este fragmento de historia.
En las proximidades hay, al menos, un pájaro, es un dato. Se infiere que yo escribo en el teclado, pero es una suposición, quizá una trampa.
Insuficiente, sin duda.

El asunto es que la caldera, cuyo vapor ha empezado ya a salir por el pico, refleja una mano delgada y huesuda. La torpe mano se quema ligeramente con el vapor al pasar demasiado cerca del pico.

Otra info: No es mi mano. Mi torpeza es de otra índole. Quizás pueda confesárselos más adelante.
Un dato más para los lectores: Son las cinco de la mañana. Sin duda esto no excluye la posibilidad de que el agua de la caldera sea para el mate. ¿Estamos en el Río de la Plata? ¿Un té quizás? Al menos podemos estar seguros de que no es en Inglaterra. No voy a faltarle el respeto al lector explicando esto. En mi monitor, el reloj digital marca las 9 de la mañana. No estaría mal que yo me preparara un mate. Ya está, ya volví, a mi lado tengo el mate y el termo.

La otra mano apaga el fuego y desaparecen entonces, de la superficie de la caldera plateada, los colores rojos y naranjas de las pequeñas llamas.


Para cualquier lector está claro que la cocina no es eléctrica, pero como las llamas no son azules, no puede suponerse sin más que sea una cocina a gas. ¿En realidad, puede asegurarse que se trata de una cocina? No es la única forma de hacer fuego, concluyo.

La mano algo quemada se ha enrojecido un poco y la otra cada tanto la toca apenas, como para comprobar si el ardor sigue allí.

¿Puede pensarse como una señal de masoquismo? Me pregunto si usted, lector, se hará tantas preguntas y cuestionamientos como yo.
Prestemos mucha atención a la mano, pues quizás permita develar la verdad. Imagino que quizás tengas deseos de abandonarme y dejar la lectura, quizás mandándome a defecar, - no acostumbro decir malas palabras- pero si así fuera, nunca descubrirías la verdad, mi estimado. Resiste mi teclado, y tu paciencia será premiada.

La mano está arrugada, pero es de esas arrugas que quedan después de que se ha sido gordo, esas arrugas que son más bien pellejo colgante, que sobra y del que uno no se puede desprender, y que cuelgan del hueso como una tela de carne.


No hay duda de que es un buen hallazgo esta imagen: “tela de carne” ¿No le parece?
¿La mano, el anular, es con anillo? Me parece que tiene uno. Me quedé en blanco. ¿De qué material? ¿Es una alianza? Otra vez en marcha el protector de pantalla, otra vez la mirada detenida en las microscópicas motas de polvo del teclado... Me pregunto cómo se detiene la mirada en algo microscópico...¿Podrá considerarse una hipérbole? Volviendo al anillo, ¿Tiene una piedra? ¿Es de esos horribles, con iniciales? En realidad, no lo puedo precisar. Espero que te pongas en mi lugar, estimado lector, aunque sé que no es tan fácil: En este momento, he llegado a un punto muerto, a una pared, a un muro. Esto ya me ha pasado otras veces: ¿Tendría anillo la mano? Debo confesar que a veces tengo fogonazos que no son reales, son como mini alucinaciones, pero no dudes de mi salud mental, no tomo más que un antipsicótico leve. De reojo, sentada frente al monitor, alcanzo a ver la puerta y me parece que pasa una persona rápidamente, pero no ha pasado nadie. Capaz que con lo del anillo me pasa lo mismo. No lo puedo precisar, pero te pido que no me abandones. Aún quedan esperanzas… Muevo el mouse. Ahí está.
Comprobemos. Allí la mano. Yo, aquí. No tiene anillo. Acá está mi monitor, mi teclado,el PDF, el antipsicótico, las motas de polvo, en verdad no tan microscópicas, la puerta, la cerradura.

De pronto se escucha un ruido, fuerte, inexplicable. La mano se sobresalta, se eleva y da una palmada al aire. Se escuchan pasos que se acercan corriendo.


Un niño con un sombrero de vaquero y los ojos más enormes que yo haya visto llega gritando que su mamá dice que no puede esperar más, que vengas, que te apures con el agua de la caldera, que ya está por nacer la hermanita… Se me infiltró, disculpen, un recuerdo de un fragmento de la película del oeste que vi anoche, o quizás una parte de todas ellas. Creo que fue una asociación libre, es que en el far west no hay parto sin agua caliente, recuerden. Debe haber sido eso… Creo que a todo el mundo le pasa, pero igual, por las dudas, anoto en el block de notas: Preguntar al psiquiatra si puedo aumentar la dosis. Listo.

Sí se escuchan pasos, pero es afuera y ocurrieron cosas pero me divagué con los pasos. A ver, en qué renglón estaba eso lo de la mano sin anillo. No crean que me burlo de ustedes… Entiendo que deseen saber qué hacía la mano en la caldera. Es una situación la mar de inquietante y sugerente, pocas veces encarada por un escritor...

Mi forma de leer los libros es generadora de suspenso. No he sido capaz de pasar nunca a la escritura. No paso de una carilla, igual que en la lectura.
El psiquiatra me ha dicho que es parte de mi TOC (Trastorno obsesivo compulsivo). Otros abren y cierran la misma puerta miles de veces para ver si está bien cerrada. Yo, en cambio, leo y releo la misma hoja una y otra vez. No puedo leer la novela entera, lo mío es intensivo. No puedo dejar una página hasta no saber si he leído e inferido todas las conclusiones posibles. Sobremedicándome, pude leer un capítulo entero una vez. Pero aún así, tengo mis limitaciones. El capítulo debe estar en el medio del libro. De ese modo obtengo resonancias de lo pasado y adivino lo que vendrá. Estoy condicionada por mi TOC. En una página intento develar toda la verdad y descubrir toda la poesía. Ustedes, estimados lectores, quizás estén acostumbrados al viejo esquema: planteo, nudo y desenlace. Yo no. Con suerte, puedo usar solo el nudo. Y ahí debo encontrar todas las preguntas y adivinar todas las respuestas. Me apasiona la literatura, pero tuve que dejar la facultad de humanidades. Según mi profesor, era imperdonable que pese a mi capacidad de análisis no fuera capaz de responder a una sencilla pregunta sobre el argumento de "El almohadón de plumas" porque no podía pasar de la página 2...
Pero les prometí la verdad, y con eso no se juega. A ver… Primero me voy a tomar otra pastillita, para poder ir un poco para atrás en este libro digital. No sin temor, y mientras respiro en una bolsa de papel, aprieto la flechita de retroceso del PDF y me atrevo a ir a la página anterior. Les invito a seguirme . No sé quién es el autor de este libro. No he podido llegar nunca a la tapa para saberlo. Tampoco conozco el título. Pero espero que por fin podamos develar el increíble suspenso y la intriga de "La mano sobre la caldera", nombre de este capítulo, y si no, tendrán que usar su propia imaginación o googlearla, si fracaso en mi intento. Pero, trataré de darles yo misma la respuesta, y les agradeceré si me dejaran algún comentario tan siquiera especulativo sobre la mano en la caldera, sobre todo si no logro completar mi objetivo de trasmitirles algo más. En el capítulo anterior dice

domingo 23 de agosto de 2009

Los pies

Se movía el pie. Luego parecía que el sueño lo llevaba al pasado, a un remanso conocido, y reposaba entonces con abandono, como si estuviera en la cuna, inerme, pero protegido, ajeno a toda culpa, a toda responsabilidad, como un recién llegado al mundo.
Luego, empezaba una vibración. Como de latido de pájaro. Luego el pie se estiraba y arqueaba con gesto de ponerse de punta como si perteneciera a una bailarina de ballet. Era una danza solitaria. El pie así arqueado sobre la sábana mostraba desnuda una planta recorrida por finas hebras de arrugas, cansancios y cicatrices, en su tensa concavidad.
Era el pie de la mujer. No parecía querer dar un paso más.

El otro pie se movía como si quisiera huir, espasmódico, arrítmico, hacia adelante y atrás, como si buscara la huella propia de un camino recorrido antes y que se ha perdido, como si no hubiera camino hacia adelante, como si estuviera por caer en una jaula fría.
Era el pie del hombre. Parecía que no iba a permanecer allí ni un minuto más.

De pronto, quedaba acorralado al lado del arco quieto del solitario pie, como un pájaro mustio, y permanecía a prudente distancia de aquella jaula cóncava y vibrátil.
Varias veces se repitieron los movimientos antes que el arco se distendiera como si la flecha hubiera sido lanzada y el arma abandonada, y hubiera llegado la hora de danzar los dos, trinando y trenzando tercos lo que aún les quedaba de pájaro y de nido.

sábado 15 de agosto de 2009

CABALGATA

Parece haber perdido todas las batallas.
La cabeza gacha. El cuello, el mentón y los párpados en hábil complicidad logran ocultar los ojos.
Los ojos supuran- piensa Elisa. Supuran una sustancia invisible, un rastro, una clave. Pero la niña no los muestra y Elisa no puede descifrarla.
La niña esconde algo que llevan sus ojos a grupas, algo que no se sabe qué es. Otros no se darán cuenta y verán en ella una niña más, pero para Elisa aquella niña es otra cuenta más en el collar que la sofoca.
Por la cabeza de Elisa corren caballos que vuelan lejos, libres, lejos…
El reloj marca las once y media.
La niña no la mira. Ha pasado por el umbral de la puerta y se ha sentado sin hablar. Se mira las manos sin retorcerlas. Se mira las manos con el detenimiento con que se observa lo ajeno. Se mira las manos como si fueran a hablar de un momento a otro. Como si una boca se fuera a abrir en la palma y le fueran a dar una respuesta a la pregunta que hace Elisa.
Las manos de la niña tienen pequeños tajos y están enrojecidas. La mirada de Elisa sigue por sus brazos. Allí hay otro collar de hematomas de diversos colores, amarillos lejanos y azules próximos.
El reloj marca las once y cuarenta.
Vuelven a correr los caballos. Libres, sus pelajes lustrosos. Corren y se van lejos y puedo irme con ellos… Los cascos contra el suelo… Los cascos retumbantes contra el suelo…
Empieza a llover.
Elisa acaba de encontrar la forma de volver a preguntarle de otra forma lo mismo.
La niña gira la cabeza hacia la derecha y mira por la ventana. Es un segundo, y enseguida vuelve a mirar las manos, pero en ese segundo Elisa puede ver sus ojos. Lo que ve es apenas un reflejo rápido de la luz que entra por la ventana, un ligero pestañeo de párpados como espuelas sobre el fulgor de aquellas pupilas negras.
Elisa dejó las preguntas y abrazó a la niña.
La niña se prendió a ella con fuerza, con tanta, que desprendió el collar de Elisa y las cuentas empezaron a rebotar en el suelo de baldosas. Elisa no la soltó y así quedaron unos minutos mientras las cuentas rodaban y se perdían bajo los zócalos y el escritorio.
El reloj marca las doce.
Suena el timbre de salida. Ellas quedan abrazadas. Los demás niños salen. Van a sus casas. La niña no. Esa niña no vuelve. De ningún modo.
Otras niñas se han ido a sus casas. Otras, cuando Elisa no puede y monta en sus caballos. Pero no esta vez. No es para ella ese timbre, esa salida.
Otros no se darían cuenta y verían en ella una niña más, pero Elisa sabe que ha visto un fulgor encabritado contra la resignación en aquellas pupilas negras, y ha elegido esa cabalgata.
Los demás caballos quedan inmóviles, a la retaguardia.

sábado 1 de agosto de 2009

Sílaba contra las cuerdas/ Ilustrado por Andal13



POEMA DELINCUENTE ILUSTRADO POR http://andal13.blogspot.com/


Dibujemos
una línea
deliciosamente
impura
una letra
inexperta
y una sílaba
vacilante
equilibrista
y
otra
y después otra
errante o
errada
Siempre
sin borrar
que es de
aspirantes a
perfectos
o de cobardes
digamos ahora
anárquicos fonemas
disidentes
de la rutina
estiremos la sílaba
hasta la cuerda
antes del gong
digamos no
o sí
o solo
puedo
o solo
no puedo
o no puedo sola
o
ahora sí
o

sábado 18 de julio de 2009

Viaje

No tengo hambre
ni red
no tengo sed

no serán peces
no serán penas
ni pájaros serán
no serán dioses
los habitantes
timoneles
del marino país
de mi cabeza

Serán hombres tercos
prisioneros de la libertad

De cometas colgarán
sus intensos brazos
de fiesta
y me llevarán
sin red
sin mapas
sin rejas
a otro recién nacido
planeta

jueves 9 de julio de 2009

El té de las amigas ilustrado por Andal13


ILUSTRACIÓN PURA GENTILEZA Y SENSIBILIDAD DE http://andal13.blogspot.com/


Las señoras se tomaron una taza de té juntas. Como siempre. Era un ritual que habían podido conservar con el paso del tiempo, y en cualquier circunstancia. Estaba muy caliente, como siempre les había gustado. Pelaba la lengua, pero así les gustaba. Y se tomaban varias tazas, una tras otra, siempre juntas. Los dedos raspados y rústicos por tanto trabajo duro se apretaron contra la taza para sentir el contraste con el frío del ambiente. El cielo estaba bien celeste y soplaba un viento suave que les movía las canas. Todas tenemos puras canas, ni un pelo de color - pensaba Tula – y se parecen a las nubes…
Habían sido amigas toda la vida. Ahora sus caras estaban llenitas de arrugas, tantas como recuerdos.
Había muchas nubes y estaban blancas, como esponjadas. Tula siempre había sido una enamorada de mirar las nubes y encontrarles parecidos con otras cosas. Y ahora que tenía todo el tiempo del mundo y las tenía ahí nomás, para ella, podía mirarlas a su antojo. No había que trabajar, no había que lavar la ropa de la patrona, no había que hacerle caso al marido, no había que cuidar enfermos, no había que hacer nada más que estar con sus comadres, estar y estar y charlar.
Por fin estaba liberada de tanta tarea. Ahora todas podían mirarse los ojos chiquitos, de usarlos tanto, y ver en ellos ese brillo de amistad eterna, inmensa, intemporal, y eso, eso, y no me digan que eso - seguía pensando Tula- eso, no es mejor que mirar las nubes, que después de todo era manía que le había quedado de gurisa chica… Y además ahora estaba ese viejito que le arrastraba el ala… Eso la ponía contenta, porque Tula tenía mucho amor propio y el viejo ese era medio importante, pero sabía bien que las amigas estaban primero.
Bebieron dos o tres sorbos y se pusieron a conversar, que el tiempo, que cómo pasa, que la tela de aquel vestido, que la señora de López esa, esa que pasa ahí, que la solterona de enfrente, que mire, que lo que son las cosas de la política, que siempre lo mismo y ahora igual, sí, sí, pero de esos politiquitos no viene ninguno por este barrio- dijo Tula- Si claro, contestaban las otras, pero nunca deja una de sorprenderse mirá, mirá aquellas parejitas jóvenes, que estas muchachas no se cuidan y la otra salía con que lo cara que está la vida, no se puede creer. A Tula no le importaba mucho si la vida estaba cara o no. Ella tenía su té con las amigas y eso era lo que importaba ahora. No eran temas profundos, pero qué bien se sentían juntas hablando de cualquier cosa, que la muchacha que criaron las de Del Campo les salió medio chiflada, que rico que está este té y se tomaron otro sorbito y ya iban a seguir en lo de ellas cuando se acercó un viejito medio encorvado, que arrastraba el ala y Tula pensaba que era por ella, y les dijo que entraran las sillas que era hora de cerrar el Paraíso, hasta el otro día. Las viejas se pararon y Tula antes de entrar, estiró la mano y agarró un copo de nube.
San Pedro sacó el llavero que se le había enganchado en unas plumas del ala, que la tenía medio caída, y cerró con dos vueltas, para que no entraran ahí, sin permiso, los que en la vida no habían sabido hacer amigos.

domingo 5 de julio de 2009

LA POLLERA

Llovía a cántaros esa mañana. Su mujer no había amanecido en la cama que compartían desde hacía diez años. Se habían acostado juntos, como siempre, sin hacer ningún amor, pero después se había dormido y no sabía a qué hora ella se había ido.
Él no sabía, pero ella se había levantado como si una música hipnotizadora la llevara. Se había vestido rápido, se había peinado apenas su largo cabello rubio y así, desabrigada, sin saco, de pollera azul y blusa, se había ido.
No le hacía falta preguntarse por qué, sino dónde. Encontró una dirección de un apartamento cerca del Cementerio, escrita en un papel entre sus documentos, al lado de la foto de un joven hombre, para él desconocido, peinado para atrás.
Un altoparlante anunciaba ofertas: coronas mortuorias, ramos de flores y cruces de claveles. No dejaba de ser un detalle de humor negro- pensó el hombre.
Otro hubiera estado ajeno a los ruidos de la ciudad, pero él estaba sensibilizado. Sus sentidos, como espíritus vengativos, experimentaban ahora todo lo que se habían negado a percibir durante años.
Miró el papel con la dirección y vio la pollera azul colgada en el balcón del primer piso, movida por el viento, mientras estaba parado en la vereda de enfrente. El sol, que asomaba ahora apenas, después de la lluvia, la tornaba en violeta por momentos.
El hombre subió los escalones de la entrada y se paró al pie de la escalera que lo llevaría al primer piso del viejo edificio.
Arrebatado por un impulso subió hasta el tercer escalón. Desde allí le llegaba una voz muy viril, una música de fondo y el susurro del deseo en una mezcla inseparable.
Seguía con esa hipersensibilidad perceptiva. Escuchaba algunas palabras muy claramente: marido, casa, desnuda.
Tanteó el arma en su bolsillo.

Horas después, los vecinos declararon que a ese apartamento venía gente dos veces por semana, de mañana, porque veían las celosías abiertas y escuchaban música y voces. Una de las vecinas incluso agregó que, desde la ventana de su casa que era la de enfrente, había visto una vez a una mujer que se soltaba el pelo frente al balcón y totalmente desnuda salía a colgar ropa en la cuerda. Dijo que desde ese día ella había sabido que iba a ocurrir una tragedia. Dijo que su cabello era muy largo y negro, pero que no alcanzaba para tapar su desnudez. Otro vecino, sin embargo, insinuó que la vecina tenía condiciones para presentarse a algún canal de televisión como libretista de fotonovelas.
Todos coincidían que ese día habían visto nada más que al hombre sentado largo rato en el escalón de la entrada. Incluso dos vecinas habían pensado que era un vendedor buscando un rato de descanso a media mañana.
Había parado de llover y había salido el sol. El viento seguía. Y había, además del silbido, un punteo como de guitarra, entreverado con risas de los niños que habían salido a jugar en la vereda.
El hombre tomó distancia una vez más y volvió a la vereda para ver moverse la pollera en el descascarado balcón. La tela ondeaba con el descaro de lo clandestino cuando se siente a salvo.
Se escuchaban risas.
El sol mostraba al mundo como no es.
Si pudiera volver a no percibir nada…
El hombre vio a dos vecinas que lo miraban, se sentó en el escalón pegado a la vereda y cerró los ojos para concentrarse en lo que tenía que decidir.
Le daba el sol, calentando el piso todavía mojado de grandes baldosas blancas y negras.
Corría la mañana hacia el mediodía y se empezó a oír un informativo que venía del apartamento de planta baja.
Esperaba una señal, algo que lo calmara, que le dijera que se había equivocado. Quería escuchar una voz de mujer desconocida, una señal que le aliviara el porvenir. Pero lo único que le llegaba con los ojos cerrados, era la paradójica tibieza del sol en las baldosas blancas y negras del hall del viejo edificio.
Esperaba también que a su memoria acudiera un recuerdo tan o más fuerte que su dolor, que le permitiera volver a la calma, al equilibrio confortable de los traicionados ingenuos, pero las baldosas calentadas por el sol eran mucho más cálidas que sus recuerdos: Siempre había sido así. Siempre había sentido que daba la vida a cambio de un indiferente parpadeo. Pero no había sido capaz de verlo. Estaba ciego y sordo.
Ahora se confirmaban sus peores sospechas. Pero estaba preparado.
Se paró otra vez y se acercó al pie de la escalera. Ahí estaba también el ascensor, pronto para llevarlo, rápido, certero, pero prefirió la escalera.
No golpeó la puerta. Tanteó y vio que no tenía tranca. La empujó. El sonido de la guitarra le llegó con claridad. No lo habían escuchado. Lo primero que vio en el balcón abierto fue la pollera de lino azul y, desde donde estaba alcanzó a ver sobre la cama las piernas desnudas que yacían lánguidas. Retrocedió un paso. Después, por desgracia escuchó la voz que cantaba. Esa voz lo hizo dudar de su propia masculinidad. Inmóvil, escuchó la letra. Veinte segundos le alcanzaron para entender que había perdido, que su arma era apenas un revólver y la del hombre era un canto sobrenatural que había inmortalizado a su amada para siempre, y la había puesto fuera de su alcance, a salvo del tiempo. Salió del apartamento, bajó las escaleras. Salió a la vereda, se sentó en el mismo escalón y se pegó un tiro. La sangre manchó indeleblemente las baldosas blancas.
El cantante, ajeno a lo que acababa de suceder, terminó de componer la canción que lo había desvelado desde la mitad de la noche y se acercó a la mujer que dormía desnuda en la cama, le acomodó el largo pelo negro, y, antes de ponerse él mismo a dormir, le dejó anotada la letra de la canción que era:

“Cuando venga la mañana
Cuando venga la mañana
Tu pollera de lino azul
Colgadita en la ventana
Colgadita en la ventana
Bandera al sol amarillo
Dirá que tú no has dormido
Con tu marido
Cuando venga la mañana
Cuando venga la mañana
tu pollera azul de lino
tu pollera azul de lino
Vuelta color de vino al sol
Si no la descuelga el viento
Si no la descuelga el viento
Mostrará tus sentimientos y
Los que yo no me digo
Somos amigos
Cuando venga la mañana
Vuelto color de trigo el sol
Incendiando tu pollera
Violándola toda entera
Vendrá a meterse en tu cama
Y dormir contigo
Sobre tu ombligo
Cuando venga la mañana
Pollera de lino azul
colgadita en la ventana
colgadita en la ventana
Bandera al sol amarillo
Dirá que tú no has dormido
con tu marido
Cuando venga la mañana
Cuando venga la mañana
Cuando venga la mañana.
Alfredo Zitarrosa"

Pocos días después, una mujer de largo pelo rubio pensaba en el marido que no se había atrevido a dejar aquella madrugada.
En su dormitorio, sentada en la cama que había planeado que nunca iba a volver a usar, la mujer de pelo rubio escuchaba la radio. Sin hablar del suicidio, la periodista paladeaba algunos detalles sobre la misteriosa mujer de cabellos negros que se hallaba en el apartamento del conocido cantante, para luego dar paso a la canción. Mientras se subía el cierre de su vestido negro, la viuda escuchó la canción en la radio.
La escuchó y deseó que su cabello hubiera sido del mismo color de su vestido.


(Cuento inspirado en la canción "Pollera de lino azul" de Alfredo Zitarrosa, que se puede escuchar en el aparatito rectangular reproductor de música a tu izquierda)

sábado 4 de julio de 2009

AGUA RECIA / RABO DE NUBE

Este post empezó al volver a escuchar "Rabo de nube"*1 *2 de Silvio Rodríguez. Toda la canción es una gran expresión de deseos. La canción la pueden escuchar en el aparatito musical rectangular a su izquierda. También hay allí otros temas de Silvio. Y pueden ver a Silvio y a Pablo Milanés en el enlace con You tube arriba del artefacto de la música. Si van a ver el video, apaguen primero la música. Si no, se les mezcla todo y es un desastre.

AGUA RECIA de Ro

Ponerse de pie
bajo la lluvia
firme

Que violente las venas
Que invada la sangre
Que refunde la oxidada mina
de aguas rojas yertas

Agua recia
de norte a sur
de cabeza a plantas
ciclón de identidad
Que exprima
multitud de gotas
en toda mi piel hasta
que deje de ser
mi firma al pie
a la derecha del cuadro
sin terminar

Que yo deje de ser
mi piel
terminada
que yo deje de estar
arrodillada
frente al torbellino del tren
que se va
Que mi piel fugitiva
se ponga de pie
ondee
hecha agua
bajo el agua y
mis ojos vean
calmos
que mil polillas de cristal
la arrastran la estrujan en
el tren montado
sobre cabalgadura de agua
y
que no importe
que no duela
porque no soy ella
no soy
y
que
todo lo demás se quede
aquí
en mi vía
en mi vida
cuando escampe


RABO DE NUBE
de Silvio Rodríguez


Si me dijeran pide un deseo,
preferiría un rabo de nube,
un torbellino en el suelo
y una gran ira que sube.
Un barredor de tristezas,
un aguacero en venganza
que cuando escampe parezca
nuestra esperanza.

Si me dijeran pide un deseo,
preferiría un rabo de nube,
que se llevara lo feo
y nos dejara el querube.
Un barredor de tristezas,
un aguacero en venganza
que cuando escampe parezca
nuestra esperanza.

*Rabo de nube : Aclara Silvio Rodríguez que así se le llama en Cuba a los tornados.

jueves 2 de julio de 2009

LA POSTERIDAD

A Fernando Terreno, cuyo uso de la fotografía en el cuento "El casamiento" me dio muchas ganas de hacer éste.




Me duele la barriga. Y me pica el talón. Además me senté encima del zapato de mi tío. Voy a salir con una cara. Bueno, peor va a salir la de al lado mío que se está sacando las lagañas de los ojos.
Cada vez me duele más la barriga. Acá no puedo hacer nada. Me tengo que aguantar. Ya me dijo mi mamá que no se va al baño cuando uno está de visita. Aunque la visita sea en lo de mi tía. Pero ella bien que va a chusmear si está limpio.
Mi hermano el grande se puso atrás en el medio de todo y queda de lo más elegante con ese traje oscuro. Mi mamá me dice que tengo que ser más sociable y sonreir para la foto. La foto que nos van a sacar hoy es muy importante- dice ella- porque va a quedar retratada toda la familia y no puede faltar nadie. Es una foto que se saca para La Posteridad que debe ser una sucursal del Almacén de la esquina que se llama así. No entiendo qué vamos a ganar colgados entre los cachos de bananas y los ajos.
Mis dos hermanas grandes están paradas. Toda las mujeres de mi familia se pusieron moñas blancas en la cabeza. Yo le juré a mi madre que no iba a contarle a nadie que las hizo ella con el forro de raso de un vestido que le regaló la vecina. Mi papá no gana bien. Pero como siempre dice mi mamá, no hay que decir nada porque si no qué dirán. Es como un trabalenguas. Así que no digan nada, porque se me escapó.
Creo que va a ser horrible quedar retratado entre los cachos de bananas y los ajos. Debe haber un olor... Mi mamá me dijo en secreto que ella está muy contenta porque mi tío que tiene una fábrica le va a dar un empleo a papá y vamos a salir de La Pobreza y vamos a entrar en La Prosperidad. Mi mamá usa unas palabras verdaderamente importantes, verdad?
El que saca la foto es mi papá. No sé qué está esperando. Cada vez me molesta más esta posición. Si por lo menos estuviera parado... Yo miro para atrás y nadie se sonríe. Así la foto va a quedar fea y no la van a colgar ni en el almacén.
Mi hermano, que está a upa de mi tío, me patea la espalda. No sé qué le pasa. Y mi hermana la más chica le pasa diciendo que se quede quieto. Mi tío no dice nada. Está como concentrado, atrás de los bigotes. Mi prima llora un poco recostada en el codo de mi tía. Es una jodona mi prima. Dicen que es porque es chica, pero no sé si es eso. Yo no lloraba nada cuando era chico. Mis dos primas se pasan llorando. Una es la que se está sacando la lagaña del ojo, porque claro, después de tanto llorar, los ojos sacan para afuera toda la mugre amontonada. La otra está colgada del brazo de mi tía y no levanta los ojos. No mira la cámara. Mi padre le dice que mire y parece que ella se pusiera peor y mirara más para abajo.
Mi hermano me sigue pateando la espalda. Mi hermana, la chica lo mira y me mira, todo mientras mi papá se enoja con todos porque nadie se queda quieto, no sonríen y no miran la cámara. Especialmente se enoja con mi hermano, el que está en la falda - ¿se dice falda cuando es de un hombre? de mi tío, porque despacito los ojos se le quedan chiquitos y empieza a llorar cada vez más fuerte. Entonces mi padre le dice que salga de ahí, que se salga de la foto, y mi madre protesta porque ya no vamos a estar todos, pero mi padre cuando se pone, se pone y no hay caso. Entonces me dice a mi que yo me siente arriba de mi tío y yo me pongo. Entonces mi primo se sienta a los pies de mi tío. Enseguida mi tío me agarra fuerte y mi padre saca la foto y no puedo decir lo que me toca mi tío porque mi madre me dijo que me debe haber parecido, que mire si, que no vaya a decir nada porque la foto es importante para la Posteridad y la Prosperidad y La Honra de la familia y que eso es mucho más importante, mucho más importante que todo.